domingo, 13 de enero de 2019

Mieko y Curro, Curro y Mieko


Mieko y Curro, Curro y Mieko

El gato de nombre Mieko, sentado sobre el respaldo del sillón, miraba al perro que entraba por la puerta con el collar apretando su cuello.

─Este será mi nuevo compañero, se dijo Mieko.

El perro caniche de raza y de nombre Curro, nada más verlo dijo, ─ seguro  que  este es mi vecino de caseta.

La mujer que acompañaba a Curro lo dejó suelto, arrastrando la correa por la habitación.

Curioso cómo todos los gatos, Mieko saltó del respaldo del sillón y poniéndose a su lado le preguntó: ─ ¿Cómo te llamas perro?

─Me llamo Curro y tú gato, ¿cuál es tu gracia?

─Me llamo Mieko y te advierto que aquí mando yo.

Curro, que no quería enfrentamientos con nadie y menos con Mieko,  le dijo: ─ me acaban de comprar; me han traído a esta casa y seguramente estamos condenados a entendernos  ─aunque sentía repugnancia por aquel gato asqueroso que tan insolente se había dirigido a él.

Mieko que se mostraba altivo ignorando a Curro, salió al jardín de la casa donde tenía su caseta a la sombra de la higuera, justo al lado de la nueva, que desde hacía unos días  habían puesto junto a la suya. Ni corto ni perezoso Mieko saltó sobre el velador en el cual estaban desparramadas las cartas de la baraja, en la que el dragón era la carta principal ganadora de la partida al encontrarla.

No tardó Curro en llegar, arrastrado por la correa que tiraba de él la dueña de la casa y ocupando su caseta junto a la del gato.

Mieko asombrado observó que a la caseta de Curro le daba más sombra que a la suya. Apretando con su gran pene miccióno en la puerta de la caseta de Curro.

─Será posible, se ha meado este asqueroso gato en la puerta de mi casa, dijo Curro.

Mieko, satisfecho de su ataque y con su territorio marcado, entró en su caseta y acurrucándose,  desconfiando  del  vecino, se durmió con un ojo abierto y otro cerrado.

Curro no podía pasar por alto la ofensa que había recibido y salió a la puerta de su caseta y se rascó las pulgas que había traído de su estancia en la perrera. Los bichos   corrían  yendo a parar a la puerta de la caseta de Mieko, que horrorizado veía como las pulgas se introducían en la suya.

─ ¡Fuera de aquí bichos asquerosos!, dijo Mieko. Las malas pulgas corrían de un lado a otro sin saber a qué pelos agarrarse.

Esto no puede seguir así, pensaron al mismo tiempo Mieko y Curro. Tenemos que firmar La Paz.

Mieko se ofreció a parlamentar con Curro: ─Vivamos en buena armonía, dijo Curro a Mieko. Las malas pulgas veían que con La Paz firmada por el perro y el gato peligraba su supervivencia, ya que no tendrían pelos a los que agarrarse. Estos se dieron cuenta y se dedicaron con gran esmero a su higiene personal, desterrando a las malas pulgas, que corrían  despavoridas por el jardín de la casa buscando pelos para juntarse.

Las escudillas de comida que les dejaban a Mieko y a Curro  siempre escasas para uno y otras veces para otro decidieron en parlamento compartirlas  como buenos animales. Desde ese momento la vida, tanto de Mieko como de Curro, se les hizo placentera en sus casas, a la sombra de la higuera y de vez en cuando  jugaban a las cartas buscando la que tenía el dragón. Nunca más riñeron ni supieron donde estaban las malas pulgas.

A veces bailaban con la marcha Radetzki que la dueña escuchaba en su tocadiscos.

Este cuentecillo, salga bien o mal, lo ha escrito Proyman para publicar.

 

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